MI VERGÜENZA DE SER ABOGADO

Cuando inicié este blog prácticamente juré no hablar como abogado, aunque reconozco lo difícil que resulta comunicarse de modo distinto a la formación académica propia. Sin embargo, lo que voy a decir a continuación espero estarlo expresando con la claridad de un ciudadano común, preocupado por el constante estado de falta ética en que navega el ejercicio profesional de los llamados a ser “auxiliares de la justicia.”

La justicia, en su sentido más general, es la virtud de dar a cada quien lo que le corresponde (como no pienso hacer un análisis de filosofía jurídica con este tema, me voy a conformar con ese concepto que cualquiera puede manejar), por lo que es de colegirse que el trabajo de quienes han jurado colaborar para que cada persona reciba lo que le corresponde, en un mundo con intereses tan confusos y complicados, debe estar cimentado en principios éticos profesionales inquebrantables, autonomía de criterio y un vasto conocimiento técnico.

Nada de esto ocurre con el profesional del derecho en la República Dominicana. Lo primero es que la carrera cuenta con elementos completamente carentes de vocación, puesto que es una práctica común que todo aquel que no tenga nada que estudiar; que mínimamente sepa leer y escribir y que no posea inclinaciones hacia las matemáticas (lo más común en un país donde el estudio de la ciencia es un lujo de pocos) se “enganche” a estudiar derecho.

Las Universidades nacionales no hacen ningún esfuerzo por depurar a quienes aspiran a ser auxiliares de la justicia y una vez graduado, el nuevo profesional, se inserta en el ejercicio sin tener que observar ningún requerimiento, más que levantar su mano derecha y jurar vanamente; pagar una cuota al Colegio Dominicano de Abogados (requerimiento que muchos ya ni cumplen) y confeccionar tarjetas para salir a ejercer la piratería en mar abierto.

Luego, los tribunales han ido flexibilizando las reglas de procedimiento (supuestamente en beneficio de las partes envueltas en el litigio y para un ahorro de tiempo que deja mucho que desear) a tal extremo, que ya las mismas son completamente elásticas. Hoy por hoy es prácticamente innecesario conocer procesal y reglas procedimentales tan elementales, como redactar un acto de alguacil, son olímpicamente desconocidas ya que el acto mal redactado pasa inadvertido o el error grosero es suplido por los magistrados… En la justicia de hoy todo error procesal se suple y se acumula en beneficio de la “celeridad del proceso.”

Los abogados hacen todo tipo de diabluras para conseguir sentencias: buscan deliberadamente alguaciles que notifican en el aire a fin de defraudar; venden los expedientes propiedad de sus clientes, para cobrar por la izquierda; demandan a sabiendas de que no hay expedientes, para forzar acuerdos y extorsionar; falsifican firma, para lo que sea necesario; corrompen jueces y fiscales; negocian hasta lo que se encuentra fuera del comercio y al final, nadie en el sistema asume la responsabilidad de cuestionar y castigar lo que sucede, por una supuesta lealtad profesional.

Me pregunto sí no es una realidad el que esa lealtad profesional le es debida al ideal de justicia y no a aquellos y aquellas que utilizan lo que debe de ser una profesión digna para lucrarse descaradamente, traicionando la que debería de ser su misión, que no es otra cosa que colaborar en la búsqueda de que cada quien reciba lo que le corresponde en una sociedad justa, cuando es por todos conocido que hasta un mínimo suspiro tiene la posibilidad de romper el hilo finísimo de la confianza en la justicia, que en la mayoría de los casos resulta ser irreparable.

En modo alguno puedo suscribir las acciones precedentemente referidas, aunque corra el riesgo del repudio masivo en un país donde cada casa tiene un hijo y cuatro primos abogados, y como mi objetivo no es el de ganar concursos de popularidad, hago de conocimiento público, con la correspondiente liberación de acta, sobre el hecho de que no siento orgullo de tener un certificado y un exequátur que me autorizan a ejercer la profesión jurídica; además de declarar ante todos que no soy colega de nadie que haya elegido el camino del delito y la extorción, para violar todos aquellos ideales que me llevaron a matricularme en una Universidad, a fin de titularme como auxiliar de la justicia, y que muy por el contrario en estos momentos hasta siento vergüenza de que en la calle me reconozcan como abogado.

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