Ariel [fragmento] by José Enrique Rodó

Considero oportuno compartir este fragmento de Ariel exactamente hoy como una prueba de que las ideas apasionadas, aquellas que nacen del alma y de una voluntad comprometida, son eternas…

"La humanidad, renovando de generación en generación su activa esperanza
y su ansiosa fe en un ideal, al través de la dura experiencia de los
siglos, hacía pensar a Guyau en la obsesión de aquella pobre enajenada
cuya extraña y conmovedora locura consistía en creer llegado,
constantemente, el día de sus bodas.--Juguete de su ensueño, ella ceñía
cada mañana a su frente pálida la corona de desposada y suspendía de su
cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa disponíase luego a recibir
al prometido ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vano
esperar, traían la decepción a su alma. Entonces tomaba un melancólico
tinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurora
siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado, murmurando: _Es
hoy cuando vendrá_, volvía a ceñirse la corona y el velo y a sonreír en
espera del prometido.

Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidad
viste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del ideal
soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa renovación, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada
primavera humana está tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se
fundan en la razón que los que parten de la experiencia, han de
reconocerse inútiles para contrastar el altanero _no importa_ que surge
del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente alteración del
ritmo triunfal, cruzan la historia humana generaciones destinadas a
personificar, desde la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellas
pasan--no sin haber tenido quizá su ideal como las otras, en forma
negativa y con amor inconsciente--y de nuevo se ilumina en el espíritu
de la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce y
radiosa como en los versos de marfil de los místicos, basta para
mantener la animación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya
de encarnarse en la realidad.

La juventud, que así significa en el alma de los individuos y la de las
generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el
proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y
consideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, la
fuerza, el dominio del porvenir.--Hubo una vez en que los atributos de
la juventud humana se hicieron, más que en ninguna otra, los atributos
de un pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un soplo de
adolescencia encantadora pasó rozando la frente serena de una raza.
Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud
inextinguible. Grecia es el alma joven. «Aquel que en Delfos contempla
la apiñada muchedumbre de los jonios--dice uno de los himnos
homéricos--, se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia
hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el
ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente.
El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el templo de Sais, decía
al legislador ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad
bulliciosa: _No sois sino unos niños._ Y Michelet ha comparado la
actividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor se
agrupan y sonríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino
juego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de los
olivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre,
la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana,
todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro
orgullo. Absorto en su austeridad hierática, el país del sacerdote
representaba, en tanto, la senectud, que se concentra para ensayar el
reposo de la eternidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño.
La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma,
como del gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden presidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió para tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros: la sombra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena." (pp. 4)

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