III

No traigo equipaje

-¡hay de todo en Nueva York!-

y en la mochila sobre la espalda

sólo había espacio para el par de calzoncillos de ir al médico

los blue jeans que me regalaron en navidad

cinco fundas de mentas de guardia

y dos paquetes de pilones dulces

de esos que dejan la lengua colorada

y las palabras pegajosas

-el salami quedó confiscado en aduanas-

Pateado de un lado a otro

hasta caer en un vagón del tren A.

Atravesamos la ciudad por sus entrañas

entre el chirrido de los tracks

y el choque de los carros metálicos en movimiento

postes que vuelan al otro lado de las ventanas

luces multicolores

como estrellas subterráneas

otra vez el chirrido de los tracks del tren

las paredes tituladas anuncian las paradas

bancos de parque en rincones oscuros

gente que se apiña recostada en las esquinas

y otra vez el chirrido de los tracks que aúllan lastimeros

los cuerpos se balancean

animados por quién sabe qué titiritero

vendedores ambulantes

una banda de jazz que apura la música

mientras una niña pálida pasa una gorra de los Yankees

para recoger el pan en metálico

y los tracks en el fondo chirreando sus penas.

Me paro en la puerta

y sin esfuerzo

la oleada humana me escupe entre la 184 y Broadway

cuando aún no he despertado de este viaje

por el centro del planeta

cargando mi mochila de mentas y pilones

miro hacia arriba

para comprender que desde esta esquina

el camino que lleva al cielo es un túnel angosto y sombrío.

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